La respuesta humanitaria empieza con una comunidad preparada

Escrito por:
Eleana Aguilar
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Escrito por Eleana Aguilar, Coordinadora de “Gestión del Riesgo de Desastres y Respuesta Humanitaria”

Nunca antes la lista de crisis humanitarias había sido tan larga. Mientras unas comunidades intentan levantarse después de un terremoto, otras enfrentan estragos del cambio climático, que obligan a millones de personas a dejar su hogar para buscar seguridad. Las emergencias parecen multiplicarse y, al mismo tiempo, nos recuerdan algo esencial: cómo compartimos nuestra humanidad.

La acción humanitaria se sostiene en cuatro principios: humanidad, imparcialidad, neutralidad e independencia. En palabras simples, significa aliviar el sufrimiento de cualquier persona, sin importar su nacionalidad, sexo, religión, ideología o clase social; sin tomar partido en los conflictos y sin subordinarse a intereses políticos, militares o económicos. Estos principios guían el trabajo en medio de una crisis, pero también deberían acompañarnos en la vida diaria: antes que cualquier etiqueta, somos personas llamadas a proteger la vida y la dignidad de otras.

Mis primeras prácticas las hice acompañando a personas refugiadas en su proceso de integración en Europa. Ahí aprendí algo que no he olvidado: cada una tenía un proyecto de vida y, con el apoyo adecuado, demostraba una enorme capacidad de salir adelante y aportar a la sociedad que la recibía.

Aunque estas crisis parezcan lejanas, no lo son. Los peruanos sabemos lo que significa que un Fenómeno del Niño, un sismo, un incendio o una inundación se lleve vidas, viviendas y medios de trabajo, y frene la educación y la economía de familias enteras. Conocemos nuestro territorio y sabemos a qué riesgos estamos expuestos: la información es nuestra mejor herramienta. No podemos esperar a que llegue la emergencia para reaccionar. Prepararnos, informarnos, organizar a nuestra comunidad e identificar con anticipación a quienes están en mayor riesgo es una tarea de hoy.

El Estado es el principal responsable de garantizar los derechos de las personas, pero ninguna emergencia grande se resuelve desde un solo lugar. Tampoco las ONG ni la cooperación internacional pueden hacerlo solas. La responsabilidad es compartida: desde las familias y las juntas vecinales hasta las empresas, la academia y los gobiernos regionales y locales. Todos podemos actuar antes, durante y después de una emergencia.

En CARE Perú trabajamos junto a niñas y mujeres porque las crisis profundizan las desigualdades que ya existían. Por eso buscamos que no sean vistas solo como población afectada, sino como protagonistas en la preparación, en las decisiones y en las soluciones. Así trabajamos frente a las lluvias intensas que afectaron el norte del país a inicios de este año, acompañando a organizaciones comunitarias, autoridades e instituciones locales para fortalecer su capacidad de prevención y respuesta, con soluciones pensadas para quienes enfrentan mayor vulnerabilidad.

En un mundo donde el cambio climático, las emergencias sanitarias, los desplazamientos y los desastres pueden ocurrir al mismo tiempo, no basta con prepararse para una sola amenaza. Las herramientas que desarrollamos buscan fortalecer capacidades útiles frente a distintos escenarios: promover la preparación, facilitar la coordinación entre actores, proteger a las personas más expuestas y apoyar una recuperación que reduzca riesgos futuros.

La asistencia humanitaria se hace visible en los momentos de crisis, pero su sentido empieza mucho antes: en el compromiso de construir comunidades preparadas, solidarias y conscientes de que el bienestar de todos depende de lo que cada uno haga. Prevenir no es vivir con miedo; es elegir ser solidarios, responsables y optimistas.

Por eso, en este Día Mundial de la Asistencia Humanitaria, estoy convencida de algo: no hace falta trabajar en una organización humanitaria ni llevar un chaleco en medio de una emergencia para poner nuestro granito de arena. Desde donde estemos, todos podemos prepararnos y actuar a tiempo.

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